Cuando el divorcio es un tema transversal en Chile, surge la inquietud de conocer las motivaciones de las parejas que deciden terminar sus matrimonios. Qué los llevó a tomar esa determinación? cómo se desarrolla el proceso? cuáles son los efectos ?
Esto, más que una forma de escudriñar en vidas ajenas, es una forma de compartir experiencias.
La Ley de Divorcio comenzó a discutirse en el Parlamento chileno en 1995 pero sólo vio la luz en 2004. Casi 10 años de discusión apuntan a que la sociedad chilena tiene muchas miradas al respecto, por algo fue el último país americano en legalizar el divorcio.
Es un tema emergente…y cómo no si en Chile se producen 49 divorcios diarios (Fuente: TVN) y según Wathctower , en Australia su número se ha cuadriplicado desde principios de los 60, en Canadá y Japón un tercio de los matrimonios se rompen, en Estados Unidos desde 1970 las parejas que se casan no tienen más de un 50% de probabilidades de mantener su relación y en Gran Bretaña se pronostica que 4 de cada 10 matrimonio no prosperará. España en tanto encabeza la lista de divorcios en la Unión Europea, con un 75% de nuevos matrimonios que termina en divorcio, es decir 3 de cada 4. En este país las tasas de divorcio han crecido en 277% en los últimos 5 años (Fuente: 20 minutos).
Más aún, Austria, un país con una tasa de 50% de divorcio organizó en 2007 la primera feria del mundo sobre divorcio, la que apuntó a ayudar a parejas que deseaban separase para hacerlo lo más rápido posible y sin sufrir mayores complicaciones (fuente: 20 minutos).
Es por eso que será interesante compartir historias de personas que probablemente nunca pensaron separarse legalmente de quien juraron amar hasta que la muerte los separara.
Este blog quiere rescatar las historias de personas que quieren o quisieron cambiar de rumbo definitivamente y empezar otra vida -lejos de lo planeado- lo que significa pasar por un proceso legal no siempre amable, muchas veces impactando la vida de otros indirectamente relacionados.
Queremos recibir tu historia
Referencias
http://noticias.tvn.cl/detalle.aspx?IdC=229085&IdS=1
http://www.watchtower.org/s/20010108/article_01.htm
http://www.20minutos.es/noticia/256826/0/Espana/lider/divorcios/
http://www.20minutos.es/noticia/293059/0/feria/divorcio/viena/
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3 comentarios:
Me casé a los 19 años esperando a mi primer hijo, después de cinco meses de pololeo. Siempre pense que seríamos una gran y unida familia. A la semana me di cuenta que mi marido quería una empleada doméstica.Violento de palabra y hechos. Tuve dos hijos seguidos y me separe tres veces pero volvía con el, frente a sus súplicas y promesas de cambio y especialmente por mis hijos. Después de varios años decidí tener una niña antes de separarme. Tuve la suerte que así fue y cuando ella tenía 1 año y medio, en una de las tantas peleas e insultos le pregunté ¿Cuándo vas a cambiar? Me contestó, ¡Cuando te vayas!. Tomé una sábana, metí mi ropa y la de la niña y me fui a casa de mis padres. Después de 9 años me separé definitivamnete. A mis hijos los recuperé después de un año cuando me anulé. Ese año fue el período mas negro de mi vida.
Por casualidad, aunque no crea en ella, me llegó este link para compartir historia. Lo leí. Lo cerré. Remonté en el tiempo y un dolor viejo, demasiado vivo recorrió mis venas. Recorre.
Y para poner en contexto, estoy separada de hecho, no divorciada. Cuando me separé el divorcio no existía como figura legal, y la nulidad matrimonial dependía de la buena voluntad de dos, la que en este caso no hubo a pesar de haber realizado todos los tramites, cancelado una costosa suma, que me devolvería la soltería. –ser divorciado no es lo mismo que soltero - él no firmó nunca. Hoy, existiendo una figura legal que permite y facilita disolver el vínculo, el solo hecho de pensar en pasar nuevamente por tribunales me intimida y aterroriza.
Del porqué me separé-divorcie- no he podido nunca dar cuenta. No hay una razón, una sola. No hay un culpable, uno solo. Dos que no son lo suficientemente honestos consigo mismo y con el otro. Dos que no abren su intimidad más profunda y verdadera. Dos que viven como si no pasara nada. Y terminas viviendo y durmiendo con un extraño. Terminas viviendo y durmiendo con el enemigo. Es un proceso que no sabes cuando empieza, y que no sabes cuando termina. Solo recuerdo que me fui transformando en un bulto sin alma. Un cuerpo que no estaba nunca presente. Que no me reconocía en el espejo. Que no sabía donde y en qué momento del camino, me resigné, me perdí. Que mi vida transcurría entre el despertar y el dormir, en días todos iguales a sí mismos. En que cada uno vivía su vida solitaria, paralela, en una vida en que el único que existía era él. Su vida, sus problemas, sus prioridades, su desarrollo, su trabajo, su crecimiento, su ego enorme e infinito, su, su, su, su…y cuando dije yo. Cuando se me ocurrió decir, yo también existo, todo se vino abajo. El mundo, la vida, se vino abajo. Empecé a reclamar existencia. Entré en crisis, creí que podríamos superarla juntos, era mi crisis, pero no ponía en riesgo el matrimonio, la familia, solo tenía que ser él está vez el que tendría que sostener por un tiempo él el buque. Amor hace mucho que no había, pareja tampoco, pero había un proyecto de familia, que lo soporta todo. Que trasciendo los yo y los egos y los proyectos personales. Creí en su capacidad de contenerme, acompañarme en la crisis sin sentirse amenazado. Nada de eso pasó. Y después de escuchar por diez años, “yo soy así, siempre he sido así, si te gusta bien y sino te vas”, dije “entonces me voy”. Me iba o moría. Transgredí todos mis límites. Transgredí mi dignidad. Acepté la violencia. Justifiqué la agresión. Y esa es solo mi responsabilidad.
Los efectos, de una separación, llámese divorcio, o el nombre legal que se le dé, son devastadores. Devastadores. Y sus lavas, llagas, grietas, cambian el paisaje para siempre jamás. Devastador para los hijos. Devastador para la familia extensa. Devastador para la vida toda, para la red social. Devastados los sueños. Devastado el para siempre. Devastado el que hasta la muerte nos separe. Devastado el amor eterno, el incondicional, el que todo lo puede. Para los hijos, es como la irrupción de un volcán dormido, un tornado que lo destruye todo a su paso, el quiebre de los cimientos de la vida. El Boeing sobre las torres gemelas. Se rompe lo irrompible. Lo único cierto. Lo único seguro. Te quedas sin refugio. Sin tierra. Sin patria. Empecé un nuevo exilio. Derrotado como Quijote. Jamás me di vuelta para mirar atrás. Hubo un solo fin. Y fue definitivo. No hubo negociación posible. Cerré la puerta para siempre.
Intercedió la familia, los suegros, los curas, los amigos bien intencionados, los mal intencionados. Cualquier argumento era valido, pero mi decisión, irrevocable. No estaba a la venta.
En mi caso, no hubo terceros, no hubo engaños, no hubo discusiones, no hubo peleas, no hubo platos rotos. No hubo, alcohol, trasnoche, drogas. A ojos del mundo entero, éramos el matrimonio ideal, la nuera ideal, la esposa ideal, la cuñada ideal, el ejemplo para los más jóvenes. El mejor hombre posible, fiel, sano, deportista ¿qué mas puedes pedir?. Diez años. El costo de la perfección para el mundo y para autojustificarme, fue mi anulación total, mi aniquilación. Asumo la responsabilidad que me corresponde en eso. La devastación fue total y eso es responsabilidad de dos.
Pérdida total.
En lo concreto y en lo real. Perdí mis hijos y tardé dos años en recuperar la tuición judicial, después de peregrinar, todos los días en tribunales, hasta conocer al último juez y todos los pasillos del infierno judicial. Materialmente lo perdí todo, casa, auto, lo poco que me quedó lo vendí para comer. Nunca me importó. No estaba en venta. Nunca pedí un peso. Nunca transe por plata. Perdí la familia, los amigos, la red social, la iglesia, la confesión, la comunión. El trabajo. Volví a vivir en la casa materna, la única incondicional, que te banca en bancarrota, en derrota y en ruinas. Volví sin nada, con muchas derrotas y dos críos en los brazos.
Tal vez no termine nunca. No termina nunca, porque si bien en mi caso particular, no dolí una persona, el que fue mi esposo, dueles sobre todo un proyecto de vida, dueles la familia que eras. El único rincón del mundo en que puedes ser el que eres de verdad, el único refugio del universo. Dueles y sigo doliendo, la posibilidad y el sueño, de decir y construir un para siempre. Y si bien, te perdonas el haber dicho hasta aquí no más puedo llegar o muero. Y te perdonas haber agarrado tus bártulos, tus críos y tu vida entera la metes a un bolso, a un auto, y partes de la nada. Perdonarte el haber roto un para siempre, un proyecto de vida que no era solo tuyo, eso, no te lo perdonas tan fácilmente. No creo cargar con culpas. Cuando miro en retrospectiva condenarme es demasiado fácil. Porque uno mira con la experiencia de hoy. Sé que en el ayer hice las cosas como pude, con los recursos personales que tenía en ese momento, con el estado emocional de ese momento. Con la obnubilación, la ceguera de ese momento. Lo hice lo mejor pude sin afán de dañar a nadie. Pero siempre hay daño.
Las heridas que te quedan las vas viendo en el camino. A medida que intentas volver a empezar, a medida que vas saliendo del bloqueo. A medida que vuelves a poner en juego los sueños, las ganas, y te atreves a amar o simplemente a entrar en una relación. El miedo está ahí siempre. Yo, sigo soñando, no renuncio, ni renunciaré. Sigo deseando una familia, sigo deseando un para siempre. Sigo queriendo llegar al nido cada noche. Cuando al final del día y raya para la suma, no importa lo que haya pasado en el juego de la vida, en el juego del trabajo, si puedes llegar a tu hogar, a sacarte el disfraz y las máscaras y ser tú mismo sin temor a ser atacado por la espalda, un lugar donde puedes bajar la guardia y dormir tranquila. Las heridas te que quedan las vas viendo cuando te ves en la imposibilidad de conjugar el nosotros.
Cuando no quieres arriesgar nada, cuando te ves guardando fichas bajo la cama. Cuando sospechas de todos y no confías en nadie. Cuando ser frágil es lo más ominoso y horrendo que te puede ocurrir.
No soy de aquellas que volcaron su existencia y el sentido de su vida en los hijos. No soy de aquellas que justifica nada por los hijos. No tengo ideas respecto de la madre ideal. Los hijos son prestados, una responsabilidad, una tremenda responsabilidad, un préstamo de Dios. Pero no son el sentido de mi existencia, no me defino a través de ellos. Nunca lo hice. Volarán y siento el deber de darles alas para que vuelen sin culpa. Y en esa medida tengo responsabilidad sobre mi propia vida y lo que haga de ella, y no justificable por los hijos. Ese peso, no se los otorgo. Al igual que quise liberarlos del peso de no separarme por los hijos. Argumento demasiado escuchado, a mi gusto demasiado irresponsable, y que solo subvalora la inteligencia y existencia propia de los hijos.
Nuestros hijos quieren una madre feliz, quieren un padre feliz. Nuestros hijos no quieren vivir en una escenario de tragedia griega, lleno de sacrificios, mortificaciones, que terminan en cuentas insaldables para toda la eternidad. Deudas que cargarán para siempre. No crítico a quienes se sacrifican y mortifican en silencio, asumen la responsabilidad de su goce con ello y no le pasan la cuenta a nadie. No quise vivir un como un sí. No quiero hijos que vivan un como si. No quiero jardín de las delicias, ni para ellos ni para mí. El dolor te hace crecer. El dolor que han vivido, más pequeños o más grandes los hará más fuertes y ojalá mejores personas.
De los muchos errores que cometí y cometemos muchas. Fue reincidir en una convivencia al poco tiempo de haberme separado. No vivir el duelo, sino llevar el duelo a la nueva relación. Y esa segunda relación, ese segundo “matrimonio” fue solo lugar de duelo, drama, tragedia, en el que se jugaron todos los dolores y frustraciones que venían con una en la mochila. Al poco andar me separé nuevamente. Y esta vez sí fue una tragedia con mayúscula, más violencia, más agresión, más violencia, más agresión, todo multiplicado por mil. Todo actuado en la vida real. Toda la rabia y el dolor trasvasijado. Y ahí recién, recién ahí, partí de cero, me reinventé, me encerré en mis cuatro metros cuadrados, muchos años. He tardado muchos años en sacar la cabeza como las tortugas de su caparazón. Y en eso estoy. Tratando de aprender a vivir de espalda, sin defensa, sin caparazón de tortuga. Saliendo de la ostra. De a poco. Arriesgando de a poco. Sacando el cuerpo un poco más allá de la ventana. Sigo soñando, sigo pensando que se puede. Sigo confiando que es posible sanar. Quiero divorciarme, para poder casarme. La paradoja de la vida.
Me divorcié una vez. El verdadero problema fue que nunca debí casarme. Había enviudado hacía no tanto de mi primera esposa y me encontré con el amor, el calor y el aroma de una nueva mujer en mi vida. Creo, casi convencido, que si la hubiera conocido unos años después las cosas hubieran sido mejores. Pero lo que yo quería era que mi primera mujer volviera adonde fuera que se hubiera ido.
Fueron años duros para mí y creo que para ella también. Ella, extranjera, de otra raza, pasando inviernos en Chile con un tipo del color de la ciudad...
Todo fue culpa mia. Tuvimos un hijo precioso, una delicia. Una delicia que fui incapaz de retener aprovechando las ventajas de ser hombre en una sociedad en que llevamos el apellido del padre en vez del de la persona que nos dió la vida y nos bancó para siempre: mamá.
Ahora los veo un par de veces al año, con el mismo cariño, respeto y admiración de siempre.
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